miércoles, 22 de octubre de 2014

EL FANTASMA DE BAKER STREET


Datos técnicos:
Nombre: El fantasma de Baker Street
Autor: Curtis Garland
Páginas: 128
ISBN: 97884281914
Publicada originalmente en la revista digital VÍSPERAS




Sinopsis:
Shylo Harding, joven escritor norteamericano de novelas pulp, viaja a Londres de vacaciones para visitar la famosa mansión-museo de Sherlock Holmes situada en el 221B de Baker Street. Tras recordar algunos de los famosos casos del conocido detective, Shylo Harding hace, por sorpresa, una pregunta al guía: Estamos en la casa donde vivió y resolvió sus casos Sherlock Holmes, pero ¿cuál fue la causa de su muerte?
El guía, sorprendido por la insólita pregunta, y ante las irónicas sonrisas de alguno de los visitantes, responde, balbuciendo, que Sherlock Holmes fue un personaje de ficción; que no sabe nada sobre su muerte…
Al salir del museo, Shylo Harding, es parado por una joven que había escuchado la conversación, y le habla de un caso ocurrido en 1897, que quedó sin resolver, y por el cual ahorcaron, en su día, a un hombre inocente. Lo llamaron, entonces, Los Crímenes del Degollador.
Al día siguiente, después de recorrer otros lugares turísticos de Londres, al volver al hotel, el conserje entrega a Shylo Harding un antiguo manuscrito, que alguien dejó para él, con datos de la época sobre Los Crímenes del Degollador…

Opinión personal:
Esta novela que voy a comentar hoy es algo que mucha gente siempre ha considerado muy de segunda fila, algo que ni siquiera se llamaba en su época «literatura» y que hoy, visto lo que se publica, no solo está a la altura de ediciones actuales, sino que, a veces, las supera ampliamente: las novelas de «a duro», los bolsilibros. Es decir, las novelitas cortas de vaqueros, terror, policíacas y de ciencia ficción que poblaron los kioscos allá por los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, con la enorme ventaja para el bolsillo de que las podías cambiar por un precio módico, que casi, casi, equivaldría hoy a uno o dos euros. Para quien no ha conocido semejante hábito lo voy a explicar, pues como se puede notar, fui adicta a ello y lo disfruté en mi infancia: tu comprabas una novela, pongamos que por 10 euros. Cuando la terminabas, ibas al kiosco y, por un euro, la cambiabas por otra de la misma editorial y colección. Y había miles que no habías leído. Y si un día te apetecía una de vaqueros y al otro una de Ci-fi, o terror, no había problema. Así se leía mucho, es cierto, y muy variado y muy barato. Y no había problema, había miles de ellas, no podías leer tan deprisa como para alcanzar la portentosa imaginación de estos autores españoles que, con seudónimos anglosajones, nos ofrecían sus historias semana a semana de la mano de Editorial Bruguera.
Hoy día, gracias a los  nostálgicos y a  gente que ve en viejas sendas caminos nuevos, quizá por su juventud, estamos viendo resurgir el género breve en muchas de sus versiones. El cuento en todos sus tamaños y la novela corta vuelven con fuerza, conviviendo con tochos inmensos de más de mil páginas. No hay más que ver la cantidad de certámenes de relato y la cantidad de antologías y novelas cortas que podemos encontrar. Otra de las posibilidades que veo en la causa del resurgir de este género es quizá, la inmediatez, la rapidez y, por qué no, el sincretismo, la brevedad. En este mundo de prisas, hay poca paciencia para las largas lecturas.
En primer lugar, quiero darle un buen tirón de orejas a los editores. Vale que son jóvenes y que empiezan ahora, pero lo mínimo que se puede pedir a una editorial son conocimientos ortotipográficos, que aquí brillan por su ausencia. El desaguisado con las rayas de diálogo, los acentos diacríticos y las mayúsculas erróneas es tal que nos va sacudiendo en cada frase durante la lectura. Solo nos cabe añadir la famosa frase: «Manolete…»
Y una vez dicho esto, paso a hablar de la novela. Como ya nos podemos imaginar por la sinopsis, la englobaríamos, por eso de que nos gusta etiquetarlo todo, aunque ninguna falta que hace, dentro del género detectivesco. Respecto al argumento, este es muy simple, y aunque sin gazapos notorios si hay ciertos momentos en los que te saca de la novela por la actuación del escritor metido a detective y la falta de actuación de la policía, que no solo no actúa como debería sino que, simplemente, desaparece, y el protagonista toma las riendas de la investigación de una manera un tanto curiosa.
También es curiosa la forma en que se trata a los personajes. Está claro que estas novelas tienen su ritmo impuesto, pues es difícil que pasen tantas cosas y poder contarlas en tan solo cien páginas. Esa creo que es una de las muestras de la gran agilidad de esta novela, pues los personajes, aunque puedan parecer en algunos momentos arquetipos, y de hecho, lo son, al mismo tiempo tienen tal energía que cobran fuerza y dimensión por sí mismos, y aunque el final nos sorprenda y nos quedemos con un «¡Anda ya!» En ningún momento deja de interesarnos lo que está pasando, aunque veamos que es todo más falso que un duro de cuatro pesetas, como se decía en la época en la que fue escrita. Tampoco la técnica literaria es para echar cohetes, pues la prosa es justa y necesaria, pero no mala, el estilo, directo y conciso, pero muy ágil y el vocabulario, el adecuado, justito, pero sin errores, hacen que la novela enganche y se lea con rapidez y con agrado, perfecta para lo que fue creada: distraer, hacer pasar un buen rato alejados de la vida diaria, sin otra pretensión que esa.
El autor utiliza un narrador omnisciente, con el foco centrado en el personaje principal que hace que el lector no sepa nada que él no vea u oiga, cosa muy adecuada para mantener el suspense hasta el final. La novela se estructura de una forma lineal, breve, con ritmo rápido y una tensión continua que termina, como es lógico y habitual, en el hallazgo del asesino y un breve epílogo explicativo. Respecto a descripciones y ambientación, la verdad es que es una novela parca en ellas. Apenas cuatro pinceladas físicas para los personajes y las justas para crear un ambiente muy desdibujado, pues al ambientarlas en la época en la que escribía el autor, pasaba por encima de introducir al lector en un ambiente en el que ya estaba metido, pues vivía en él. La necesidad de no pasar de unas determinadas palabras y tener que meter la acción adecuada hacía que las descripciones superfluas desaparecieran. Al fin y al cabo, es a lo que iban los lectores. Los diálogos son una de las cosas que quedan más flojas, siendo estos un poco forzados en algunas ocasiones, pero no tanto que no resulten creíbles los personajes.
En suma, esta novela de a duro, pulp, bolsilibro o como queramos llamarla, es algo recomendable para leer con ese punto de nostalgia y para, simplemente, pasar un rato con un ojo en la trama y otro en los niños mientras juegan en el parque o en la piscina. Distracción y una sonrisa es lo que vamos a encontrar en ella, pero no creo que el autor pretendiera otra cosa, aparte de pagar las facturas. Adecuada para todas las edades, puede servir muy bien para introducir a la gente más joven en la lectura, pues siempre he pensado que lo importante es que lean mucho y lo disfruten, aunque sea malo, que ya irán puliendo su criterio con los años. Desde luego no es para paladares exquisitos amantes de la alta literatura ni de tochos enormes, pero puede tener su momento. Eso sí, esperemos que la editorial corrija sus deficiencias cuanto antes.

El autor
Juan Gallardo Muñoz (Barcelona, 28 de octubre de 1929 – Barcelona, 5 de febrero de 2013) fue un escritor español. Uno de sus pseudónimos más conocidos es Curtis Garland. Forma parte de los escritores de la Literatura popular española, junto con otros autores como Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Frank Caudett, Lem Ryan o Silver Kane. Estrechamente vinculado a la Editorial Bruguera, que publicó hasta los años 80 los llamados bolsilibros (también denominados libros de a duro, en referencia aproximada a su bajo precio), dedicados a géneros como la novela negra, de terror, de ciencia ficción, o del Oeste; así como a las editoriales Toray y Rollán.

6 comentarios:

  1. Hola, Ángeles.
    Gustoso de saludarte. Creo que por aquí he pasado tres veces y en ellas prometí volver siempre. Lástima que no lo haya hecho antes.
    Me ha gustado mucho esta reseña, pero más por todo lo que tú cuentas de antes que por lo que tratase del libro, que es como casi todas las novelas cortas que se leen en los autobuses, metros y paradas.
    Es muy curioso lo de las novelitas. Yo nací después y eso me lo perdí. Ojalá lo hubiera podido disfrutar. Nunca he leído a Estefanía Lafuente (ves, hasta lo escribo al revés) pero sí oí hablar de ellos y, por supuesto, de la inveterada y nunca igualada Corín Tellado, en las novelas románticas y bien censuradas, claro.
    Te cuento una anécdota para que vieras cómo me hubiera gustado conocer ese mundillo. Una de las nurses y chica para todo que desfiló por mi casa y vivía en ella leía mucho y leía incansablemente, aparte de escuchar la radio con radio-novelas y lloraba sin parar en casi todos los capítulos emitidos. Esta chica (no me acuerdo de su edad, porque cuando se es pequeño es muy difícil calcular la edad de un adulto) tuvo que irse y me dejó como el secreto más adorado que poseía en su vida: una colección de revistas en las que aparecían fotos de novela, vamos, fotonovelas .... (luego continuo la historia... tengo que bajar al perro, perdona, pero de momento te lo mando, así me aseguro de hacer la segunda parte). Un abrazo y felicidades por mi enriquecimiento personal.

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    1. Hola, Ricardo :) Es un placer tenerte por aquí. Lo de las fotonovelas... fue un boom en los setenta. Eran como cómics, pero las viñetas, en lugar de ser dibujos eran fotografías (en blanco y negro, claro). Era una manera de seguir una historia, de evadirse, para lectores casi analfabetos, con muy poco texto y escenas muy explícitas. Poco a poco fueron desapareciendo, con el aumento de los programas de televisión.

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  2. Vaya! Ha pasado tanto tiempo que la historia parece mucho más interesante de lo que en realidad es.
    Me regaló su arsenal de novelitas de Corín Tellado (3 o 4, las que más le habían gustado) y sus fotonovelas. Las hojeé pues no tenían gran interés para mí y en unos años fueron mis primeras lecturas de adulto, siendo niño. Pero aquéllos trueques ya se habían terminado o no, no lo sé, no conocí a nadie que leyera entonces algo de adultos. Posteriormente mis hermanas sí las aprovecharon. Eran más pequeñas y las fotonovelas me fueron incautadas por mi madre que no entendía cómo habían llegado a mi poder. Yo callé, creyendo proteger a la chica que me las dio.
    Como verás, era una tontería, pero saber que existía ese canje y todo lo que rodeaba a ese mundillo me hace mucha ilusión aunque por mi edad no hubiera podido saberlo o aprovecharlo.

    Un abrazo.
    PD. Así no solo leo yo, jajajaja...

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    1. Tu eres más joven. Lo de las novelas y librerías de lance, como se llamaban, desapareció a finales de los setenta, o principios de los ochenta. Pues no he cambiado yo tebeos y novelas... Era un buen negocio para el lector, para la editorial y para los libreros. Casi, casi, en cualquier quiosco tenías y a precios muy accesibles.
      Me alegro de que te haya gustado la historia de las novelitas de a duro, como se llamaban.

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  3. Se me olvidaba. Acabo de ver entre los libros que aparecen leídos en noviembre y diciembre, el de LOS CABALLOS CELESTIALES, de GUY GAVRIEL KAY y no sé qué opinarás de él, pero a mí me pareció una pequeña joya.
    Tampoco sabía que todos esos escritores como Marcial Lafuente y demás eran españoles con nombres tuneados de norteamericanos. Gracias por decírnoslo.

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    1. Casi todo lo que escribe Kay me parece una joya. Soy lectora asidua de sus novelas y creo que es uno de los mejores escritores de fantasía que hay, mucho mejor que Sandersson, Sarpowsky y tantos otros ahora de moda. Creo que fue uno de los primeros en escribir fantasía adulta, matar personajes molones cuando menos te lo esperas y putear a lo vivo a los que dejaba seguir en las historias.
      Respecto a lo de los nombres en inglés de los escritores, fue una exigencia de la editorial, bastante lógica por otro lado. No estaba el tema como para pagar traducciones y derechos de autor de este tipo de literatura, y en aquella época estaba claro que vendía mucho mas un tipo llamado Curtis Garland o Ralph Barby que Juan Camacho o Rafael Barberá.

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